Hay una frase que aparece muchísimo cuando se empieza a organizar una luna de miel:

“Ya que es la luna de miel, queremos hacer el viaje de nuestra vida.”

Y suena bastante lógico.

Os casáis una vez. Tenéis unos días libres. Probablemente habéis reservado un presupuesto importante. Y, además, lleváis meses viendo vídeos de parejas desayunando frente a elefantes, bañándose en piscinas infinitas en Maldivas y cruzando Japón en tren mientras comen ramen.

Normal que uno piense:

Vale. Pues nuestro viaje tendrá que estar a la altura.

El problema empieza justo ahí.

Porque cuando un viaje tiene que convertirse obligatoriamente en EL viaje, empiezan a aparecer unas expectativas difíciles de sostener.

Tiene que ser lejano.

Tiene que tener playas.

Pero también aventura.

Y cultura.

Y hoteles increíbles.

Y alguna experiencia que podamos contar durante los próximos quince años.

Y descansar, claro.

Todo preferiblemente en doce días.

No hace falta meter medio planeta en vuestra luna de miel

Hay lunas de miel que, vistas sobre el mapa, parecen una expedición diplomática.

Tres noches en Tokio.

Dos en Kioto.

Vuelo a Bali.

Cuatro noches allí.

Lancha a otra isla.

Hotel espectacular.

Otro vuelo.

Escala.

Maldivas.

Regreso.

Y cuando volvéis a casa necesitáis exactamente lo que probablemente necesitabais antes de salir:

vacaciones.

Viajar lejos no significa necesariamente viajar mejor.

Y hacer muchas cosas tampoco convierte automáticamente un viaje en algo memorable.

A veces ocurre justo lo contrario.

Pasáis más tiempo pensando en el siguiente traslado que disfrutando del lugar en el que estáis.

 

La pregunta no es “¿cuál es la mejor luna de miel?”

La pregunta interesante es otra:

¿Qué tipo de viaje os apetece hacer ahora mismo?

No dentro de diez años.

No el que queda mejor cuando alguien os pregunta dónde vais.

No el que Pinterest ha decidido que debería ser una luna de miel.

Ahora.

Quizá lleváis un año bastante intenso organizando una boda y lo único que os apetece es desaparecer diez días en un hotel junto al mar.

Perfecto.

Quizá sois incapaces de estar tumbados más de dos horas y os apetece recorrer Japón de arriba abajo.

Perfecto también.

Quizá uno necesita descansar y el otro necesita hacer cosas.

Entonces probablemente haya una tercera opción que combine las dos.

La luna de miel no debería demostrar nada.

Debería funcionar para vosotros.

 

No todos los viajes tienen que cumplir todos vuestros sueños

Este es otro pequeño problema de la etiqueta “viaje de vuestra vida”.

Hace que intentemos meter en un solo viaje todo lo que nos gusta.

Safari.

Playa.

Gastronomía.

Buceo.

Ciudades.

Naturaleza.

Hoteles especiales.

Compras.

Un tren panorámico.

Y, si puede ser, alguna playa que parezca imposible incluso con filtro.

Pero vuestra luna de miel no tiene por qué cerrar definitivamente vuestra lista de lugares pendientes.

Podréis volver a viajar.

De hecho, ojalá lo hagáis.

Habrá aniversarios.

Cumpleaños.

Viajes improvisados.

Destinos que ahora ni siquiera están en vuestra lista y que dentro de cinco años querréis conocer.

No tenéis que gastaros todos vuestros sueños viajeros de golpe.

Y eso, sinceramente, quita bastante presión.

 

El destino importa. Pero el ritmo también.

Cuando se planifica una luna de miel se habla muchísimo del destino y bastante poco del ritmo.

Y puede ser igual de importante.

Hay una diferencia enorme entre visitar Japón y visitar Japón cambiando de hotel prácticamente cada noche.

Entre hacer un safari y enlazar ocho horas de carretera después de tres vuelos.

Entre pasar unos días en una isla y haber tardado dos aviones, una avioneta y una lancha para llegar hasta ella.

No significa que no merezca la pena.

Significa que hay que saber qué tipo de viaje estáis comprando realmente.

Porque sobre el papel todo cabe.

En Google Maps las distancias parecen razonables.

En Instagram nadie enseña la cola de inmigración después de once horas de avión.

Y esa información también forma parte del viaje.

Pensad primero en cómo queréis sentiros

Hay una forma bastante sencilla de empezar a elegir vuestra luna de miel.

Antes de mirar destinos, hoteles o rutas, cada uno puede responder por separado a esta pregunta:

Cuando volvamos de la luna de miel, ¿cómo quiero sentir que ha sido el viaje?

Descansado.

Sorprendido.

Desconectado.

Con la sensación de haber descubierto algo completamente nuevo.

Con muchas historias que contar.

Con pocas fotos y muchísimas horas sin mirar el reloj.

No hay una respuesta correcta.

Pero esas respuestas dicen mucho más sobre vuestro viaje ideal que una lista con los diez destinos de luna de miel más populares del año.

 

Y sí, también hay que hablar de dinero

Porque otra cosa que ocurre con la luna de miel es que parece tener una especie de presupuesto elástico.

“Bueno, total, es la luna de miel.”

Una frase peligrosísima.

Sobre todo después de haber dicho exactamente lo mismo con las flores, el fotógrafo y aquellas copas que al principio “eran solo cuatro”.

Decidid cuánto queréis gastar antes de enamoraros de una villa sobre el agua.

No porque haya que viajar barato.

Sino porque es mucho más agradable elegir un viaje que podéis pagar con tranquilidad que pasar quince días maravillosos pensando en la tarjeta de crédito que os espera en casa.

El lujo también puede ser tener tiempo.

Quedarse cinco noches en el mismo sitio.

Coger un vuelo directo.

Elegir una habitación mejor.

Comer donde os apetezca sin mirar cada precio.

O simplemente viajar sin intentar amortizar cada minuto.

 

Quizá el viaje de vuestra vida todavía no ha llegado

Y esta es probablemente la parte más bonita.

La luna de miel puede ser uno de los viajes que más recordéis.

Por el momento.

Por estar recién casados.

Por todo lo que viene después de meses organizando una boda.

Por esas conversaciones larguísimas que aparecen cuando de repente no hay emails, proveedores ni listas pendientes.

Pero no hace falta decidir de antemano que será el mejor viaje que haréis jamás.

Qué presión, además.

Quizá dentro de siete años viajéis a un lugar que ahora ni siquiera conocéis y resulte ser increíble.

Quizá hagáis una escapada de cuatro días que recordéis más que un viaje de tres semanas.

Quizá volváis a uno de los lugares de vuestra luna de miel dentro de veinte años.

Mejor pensar que todavía os quedan muchos viajes importantes por delante.

La luna de miel no tiene que ser el viaje de vuestra vida.

Solo tiene que ser un viaje que tenga sentido para vosotros en este momento de vuestra vida.

Y cuando desaparece la obligación de hacerlo perfecto, suele empezar la parte verdaderamente buena: elegirlo con calma, disfrutarlo y dejar espacio para sorprenderos.

Que, pensándolo bien, es bastante mejor que intentar cumplir un checklist de cosas que supuestamente hay que hacer una vez en la vida.

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