Hay parejas que empiezan a organizar su boda y descubren que llevan años imaginando exactamente lo mismo.

Una finca en el campo. Pocos invitados. Cena al aire libre. Música hasta tarde.

Y luego está el resto.

Uno quiere 180 invitados y el otro considera que a partir de 90 aquello empieza a parecer una convención.

Uno sueña con una ceremonia religiosa.

El otro llevaba años dando por hecho que sería civil.

Uno quiere invertir en gastronomía.

El otro acaba de descubrir que alquilar determinadas sillas cuesta más de lo que parecía razonable para algo cuya función principal es sentarse.

Bienvenidos a la primera gran negociación de la boda.

Y, aunque en ese momento pueda parecer preocupante, no querer exactamente la misma boda es bastante normal.

Lo importante no es coincidir en todo.

Lo importante es descubrir en qué cosas necesitáis coincidir de verdad.

Probablemente no estáis discutiendo sobre flores

Uno dice:

—No quiero una boda tan formal.

El otro responde:

—Pero tampoco quiero que parezca una barbacoa.

Y veinte minutos después estáis debatiendo sobre manteles cuando, en realidad, ninguno de los dos está hablando de manteles.

Muchas discusiones durante la organización tienen una capa debajo.

Detrás del número de invitados puede estar la importancia que cada uno da a la familia.

Detrás del presupuesto puede haber formas muy distintas de entender el dinero.

Detrás del tipo de ceremonia puede haber tradiciones, expectativas o creencias personales.

Y detrás de ese aparentemente inocente “yo quiero una boda más sencilla” pueden caber aproximadamente 47 interpretaciones diferentes.

Por eso, antes de intentar resolver cada detalle, merece la pena hacer una pregunta:

¿Qué es lo que de verdad te importa de esto?

La respuesta suele ser bastante más útil que seguir defendiendo una mesa imperial durante media hora.

 

Haced vuestra lista de tres

Hay un ejercicio muy sencillo que puede ahorrar unas cuantas discusiones.

Cada uno escribe, por separado, las tres cosas que considera realmente importantes en la boda.

Solo tres.

No vale hacer una lista de diecisiete y poner asteriscos.

 

Puede ser:

“Quiero que esté toda mi familia.”

“Quiero comer muy bien.”

“Quiero una ceremonia pequeña.”

“Quiero música en directo.”

“Quiero que podamos hablar con nuestros invitados.”

“Quiero guardar dinero para hacer un gran viaje después.”

 

Después comparáis.

Seguramente descubriréis algo interesante: muchas de las cosas por las que estabais discutiendo ni siquiera aparecen entre esas tres prioridades.

Y eso ayuda muchísimo.

Porque si para uno la gastronomía está en el número uno y para el otro el menú ocupa aproximadamente el puesto 36, quizá ya sepáis dónde tiene sentido ceder.

 

No todo necesita un ganador

Este punto parece evidente hasta que empieza la organización.

Una boda no debería convertirse en una competición silenciosa donde cada decisión termina 1-0.

“Yo elegí el fotógrafo, así que tú eliges las flores.”

“Tu familia ha invitado a doce personas más, así que mi DJ puede costar 600 euros extra.”

“Yo cedí con la iglesia.”

Cuidado.

Porque si empezáis a llevar el marcador, la boda puede terminar pareciendo una liga de decisiones.

Hay asuntos en los que uno puede tener más peso porque le importan especialmente.

Y otros en los que podéis buscar una tercera opción que ninguno había planteado al principio.

No todo tiene que ser exactamente tu idea o exactamente la suya.

A veces la mejor boda aparece precisamente en ese espacio intermedio.

 

Separad preferencias de límites

Hay una diferencia enorme entre:

“Me gustaría casarme en septiembre.”

y

“No quiero casarme en agosto.”

 

Entre:

“Prefiero una boda grande.”

y

“No me sentiría cómodo con 200 invitados.”

 

Entre:

“Me encantan las ceremonias religiosas.”

y

“Para mí es importante casarme por la iglesia.”

 

Las preferencias se pueden negociar fácilmente.

Los límites necesitan bastante más respeto.

 

Por eso ayuda mucho hablar en esos términos.

¿Qué cosas os gustan?

¿Y qué cosas realmente os harían sentir incómodos?

No todas las decisiones pesan lo mismo.

 

Hablad del presupuesto antes de enamoraros de cosas

Hay pocas pruebas más eficaces para una pareja que descubrir cuánto cuesta una boda.

Porque Pinterest es precioso.

Pinterest tampoco incluye la factura.

Antes de discutir si preferís un grupo de música, una decoración espectacular o una cena gastronómica, conviene tener claro cuánto queréis gastar.

No cuánto podríais gastar.

Cuánto queréis gastar.

Y, sobre todo, en qué os apetece hacerlo.

Puede que uno quiera destinar más dinero a la boda y el otro prefiera reservarlo para la luna de miel, una casa o simplemente para no empezar el matrimonio mirando la cuenta bancaria con ansiedad.

Ninguna postura es más romántica que la otra.

Pero es una conversación que conviene tener pronto.

 

Cuidado con el tercer miembro de la pareja: la opinión de los demás

Vosotros dos podéis tener claras muchas cosas.

Hasta que empiezan a opinar cuarenta personas.

 

La madre que esperaba otra ceremonia.

El amigo que da por hecho que podrá llevar acompañante.

La tía que pregunta por qué no habéis invitado a alguien que vosotros apenas sabríais reconocer por la calle.

 

Y entonces puede ocurrir algo curioso: dejáis de discutir sobre lo que queréis vosotros y empezáis a discutir sobre cómo gestionar lo que quieren los demás.

Ahí conviene recordar una cosa.

La boda es vuestra. Pero no significa que tengáis que tomar cada decisión de manera individual.

Podéis escuchar.

Podéis entender ciertas expectativas.

Podéis hacer concesiones si os apetece.

Pero deberían ser decisiones conscientes, no decisiones tomadas por agotamiento.

 

No resolváis todo en una noche

También ayuda mucho aceptar que no todas las conversaciones tienen que terminar con una decisión.

A veces basta con decir:

“Esto todavía no lo tenemos claro.”

Y seguir con vuestra vida.

 

Una boda se organiza durante meses.

Vais a cambiar de opinión.

Vais a descubrir opciones que ahora ni conocéis.

Algo que hoy parece imprescindible puede dejar de importaros dentro de tres semanas.

Y algo que ninguno había imaginado puede convertirse en vuestra parte favorita de la boda.

No hace falta resolver el matrimonio y el color de las servilletas el mismo martes.

 

La pregunta que casi siempre funciona

Cuando estéis bloqueados con una decisión, probad a quitar por un momento Pinterest, el presupuesto, las opiniones familiares y las tendencias.

 

Y preguntaos:

¿Cómo queremos sentirnos ese día?

 

Quizá queréis sentiros tranquilos.

Quizá queréis una fiesta enorme.

Quizá queréis estar rodeados de toda vuestra gente.

Quizá queréis algo íntimo y muy vuestro.

Quizá queréis gastar menos en decoración y mucho más en comida.

No existe una respuesta correcta.

Existe la vuestra.

Y seguramente tampoco será exactamente la boda que uno de los dos había imaginado antes de empezar.

Será una mezcla.

Una negociación.

Alguna renuncia.

Unas cuantas sorpresas.

Y muchas decisiones tomadas juntos.

Que, pensándolo bien, tampoco parece un mal entrenamiento para todo lo que viene después.